sábado, 24 de octubre de 2009

Detrás de los ojos de Jacob Jiménez Lechuga (review about our conference @ Universidad del Claustro de Sor Juana. In spanish only.)

No voy a decir que no pensé cancelar. Al parecer, Carmen Cebreros canceló su presentación de última hora. Admito que es agotador jugar al juego de los sordomudos y al dígalo con mímica. Sin embargo, algo muy dentro de mí me dijo que era necesario confirmar mi asistencia, alejarme del caballete un rato y restablecer mis viejos lazos sociales.
Fui el primero en llegar. De hecho, a decir del recepcionista, más bien fui el primero de todos en llegar temprano. El desgano de los conferencistas, me señalaban, era compartido y ponía en riesgo una eventual Jornada 2010.
Me trataron de maravilla. El alegre recepcionista se enteró que no había desayunado y me dio una manzana. Pregunté por Dafne, quien de inmediato levantó la mano y me extendió una taza de café Blasón, el patrocinador del evento.
Me sorprendió mucho conocerla en persona luego de intercambiar parcos electro-mensajes desde hace un par de meses. La imaginaba más fea. Luego me presentaron a Laura, la otra anfitriona y finalmente a Viridiana, nuestro enlace.
Sentí que algunas de mis malas palabras les pusieron incómodos así que comencé a moderar mi lenguaje. Una joven guapísima, muy elegante, pasó detrás de mí. Era la edecán de Blasón. Les pedí que me dieran su número de teléfono o que la invitaran a mi conferencia pero eso tampoco les hizo gracia a los desdichados universitarios.
“¿Y cuántos asistentes hay confirmados para hoy? ¿20? ¿30?”
“En promedio vienen 100 por presentación”, me dijo el que me dio la manzana.
Admito que tuve miedo. ¡No llevaba nada preparado! La suma de mis prejuicios me llevo a pensar que estaríamos tres tristes y arrogantes profesionales frente a 20 o 30 estudiantes incompetentes, charlando acerca de un tema que a nadie, ni a mí, nos interesa tanto.
Pero no. Íbamos a ser cien incompetentes, el (ex) director del Museo Arte Alameda y mi padre enfermo en una sala con mala acústica y mucha expectativa.
Me invitaron a sentarme y a preparar el video que iba a proyectarles. Yo hablaría primero, luego Carlos Prieto, hombre de radio y profesor del Claustro de Sor Juana (nuestra sede), después Arturo Rodríguez Döring (amigo de Gabriel Orozco y estelar de la tarde, entre otras cosas) y, finalmente, la escultora polaca Jolanta Klyszcz.
Le rogué con vergüenza a Dafne que no leyera mi currículo aunque me explicó que era inevitable y así me presentó para dar inicio al encuentro. No habían cargado mi video aún, así que aproveché esos valiosos minutos para aclarar mi posición estética.
“Para mí, el arte contemporáneo es, en esencia, un oxímoron. Un oxímoron es un enunciado de dos palabras donde una se opone a la otra. Por ejemplo, ‘inteligencia militar’. Ese es un oxímoron porque si se es inteligente, no se es militar y viceversa.”
Risas. Comenzó a correr el video no sin que antes hiciera otra aclaración.
“No van a entender mucho de esto. Qué bueno. Lo hablamos más tarde. Ustedes no me conocen y yo no conozco a nadie aquí más que a mis propios invitados”.
Pasaron los cinco minutos de la película y, con sus ojos, el público y mi anfitriona me pedían más información, así que agregué:
“Lo que acaban de ver es una producción casera: la entrevista me la hizo mi hermano Sahid, psicoanalista, lo editó Gabriela, aquí presente –a pesar de que hoy es su cumpleaños- y el resto de los aspectos técnicos corrieron por parte de la esposa de Sahid y de mi sobrina Valeria, de cinco años. Tuvimos más de 600 visitas en Youtube luego de que lo subimos a la red, todas imprevistas puesto que el tema no es popular y los participantes somos desconocidos. Pienso que lo atractivo del video está, básicamente, en la primera frase que ahí se dice: que no hay nadie atrás del ojo.
Y, para lanzar otro buscapiés antes de seguir adelante, les comento lo siguiente:
Hace mucho, operaron a mi gato. Cuando los efectos de la anestesia comenzaron a desaparecer, el minino, todavía adormecido, abrió sus ojos. Me estremeció mucho ver que sus pupilas se movían sin dirección fija. Pregunté a mi padre, médico, aquí presente también, a qué se debía ese extraño fenómeno. Él me respondió que al nistagmo.”
Una vez que aclaramos el término mencioné que, para mí, esa es la nueva forma de ver el arte.
Recibí un aplauso mediocre y cálido a la vez. Le fue mucho mejor a Carlos Prieto. Él habló cosas interesantísimas acerca del blues, de la voz de los cantantes negros y del valor del silencio en la comunicación.
Brillante. Se llevó muchas más palmas que yo. A él le siguió Arturo Döring, quien leyó unas diez cuartillas acerca de pintura hiperrealista.
Fue bueno, pero nada sorprendente. La audiencia lo respetó con un aplauso a su nivel.
Una silla estaba vacía en nuestra mesa. Jolanta no pudo asistir por causas de fuerza mayor, pero envió su ponencia para que Carlos la leyera en público.
Eran unas 20 cuartillas escritas en pésimo español. Luego de fumarnos una, tomé el micrófono y comenté que, a mi juicio, lo interesante de una conferencia no es la lectura, sino la presencia del invitado. No terminé de decir la o de “invitado” cuando entró Jolanta por la puerta lateral, se sentó en su silla, tomó su micrófono y procedió a leer, lenta, ininteligible y dolorosamente, sus 20 cuartillas.
Quince minutos más tarde, Dafne, nuestra moderadora, le envió un mensaje advirtiéndole que debía finalizar su lectura. La muy grosera dijo que no y siguió leyendo, sin importarle lo aburridos que estábamos todos.
Media hora después le llegó la segunda advertencia. Tomó la nota, la tiró por un costado, dijo “no” y continuó su tortura.
No sé cuánto tiempo pasó para que terminara de leer sus estupideces. Tuvo que venir una autoridad mayor a callarla. Se llevó un minúsculo aplauso de cortesía.
Dimos inicio a la sesión de preguntas y respuestas.
“Yo tengo una pregunta para Carlos y un comentario para Jacob”, dijo un muchacho en primera fila.
Satisfecha su duda, el preguntón me pidió un par de palabras a su comentario. Advertí que todas mis respuestas serían rápidas porque debía orinar con urgencia, lo que provocó una carcajada unánime. En cuanto terminé de decir lo que me solicitaban, se levantaron dos manos más.
“¿Qué quieres decir con que no hay nadie atrás del ojo y por qué el crítico de arte es un francotirador?”
Pulí las aristas de esas dos frases tremendas para notar, con asombro, que a cada respuesta que daba, las manos se multiplicaban según la tabla de dos: primero fueron dos, luego cuatro, después ocho... Y las preguntas siempre eran las mismas: por qué no hay nadie atrás del ojo y por qué los francotiradores.
“Miren, no voy a mentir: los críticos de arte me caen muy mal. Hacen y deshacen artistas a su antojo y eso me molesta mucho. ¿Con qué autoridad? Tampoco voy a defender a los artistas. Hace poco vi de nuevo la película de The breakfast club. En la versión que vi, la palabra que utilizaban en español para describir a la princesita del grupo era “engreída”. Eso son los artistas de hoy. Son todos unos engreídos…”
Escuché a todos los asistentes inhalar, pero no los oí exhalar. Las manos levantadas ya se contaban por decenas.
Insistían en el asunto de la crítica de arte. Una señora también de la primera fila se robó la palabra y me exigió un comentario acerca de los curadores.
“¡Ah, de esos ni me hable! Recién leí en ArtReview que ahora pretenden utilizar la palabra “curar” para designar cualquier actividad que eso implique. No entiendo bien cómo es eso, pero ahora se pueden “curar” fiestas, “curar” exhibiciones, “curar” zapatos… Yo estoy de acuerdo con eso. La palabra “curar” no me representa nada.”
La concurrencia cuchicheaba sin cesar. Dafne, a mi lado, se me acercó al oído y me dijo en voz muy baja que la mayoría de los asistentes eran estudiantes de curaduría y críticos de arte.
¡Me puse pálido! No sabía dónde meterme. Las manos se levantaban aprisa, nadie cuestionaba a los demás panelistas y yo debía disculparme por mis groserías inmediatamente, a como diera lugar.
Se me ocurrió una salida fácil.
“Me disculpo. Soy un ignorante. En verdad, confieso que no domino el asunto y no quiero hablar mucho de eso otra vez porque no es el tema que nos corresponde abordar. Agradezco mucho el que me invitasen a estas jornadas. Me voy satisfecho porque, además de estimulantes, las chicas del Claustro me parecen todas muy guapas”.
El barullo de hacía un minuto antes se convirtió en franco escándalo. Me volví un poco loco. Luego de un par de preguntas dirigidas a Carlos, que sirvieron para apaciguar las ansias carnívoras, un provocador me pidió algo así como una opinión acerca del texto del mismo Carlos. Yo le aclaré que me identificaba mucho con su tema, pero que solamente no estaba de acuerdo en dos cosas porque para mí a diferencia suyo, la escritura tiene privilegios sobre la palabra hablada y que, a diferencia de todos mis colegas en la mesa, la postmoderinidad me parecía una payasada.
Me pareció percibir que una parte de la muchedumbre me abucheo y otra me felicitó, pero no me di cuenta bien de ello. Sentí que había sido muy malcriado y quise remediar mi situación pero todo me salió al revés:
“Les repito que no conocía la clase de público que iba a tener hoy. De haberlo sabido, me hubiera preparado mejor. Creí que iba a estar en presencia de chefs”.
Esto, y cuando dije que uno es muy burro cuando está en la universidad, les ofendió muchísimo.
Arturo Döring, visiblemente enojado, me arrebató el micrófono y sólo acertó a decir una sola oración, buscando, me supongo, robarme algo de protagonismo. Después de todo, la tarde supuestamente iba a ser suya.
Dijo:
“Yo no usé la palabra ‘postmoderno’, sí hay alguien atrás del ojo y la crítica de arte es importante”.
No volvimos a saber más de Arturo Döring. Ni de Jolanta.
Carlos trató de conciliar los ánimos de la mesa, que para ese momento ya eran irreconciliables. Eran ellos y yo. Una chica se levantó sin pedir permiso y me pidió que estudiara mejor el caso de los críticos de arte porque evidentemente no sabía nada de ellos.
Le prometí que me documentaría mejor al respecto… No sin antes comentar que, para Austin, el lingüista, una promesa es un performativo que no tiene valor de verdad ni de mentira.
Dafne miró su reloj y me dijo que había llegado la hora de cerrar el incidente. Se dirigió a la masa y nos agradeció nuestra participación. El público, la mitad de pie, se quejó. Un valiente se robó un micrófono y me lanzó una pregunta final, prácticamente fuera de programa.
“¿Qué hay detrás de los ojos de Jacob Jiménez?”
Mi respuesta fue muy linda.
“Quise estudiar antes de venir a charlar con ustedes y mejor me puse a ver entrevistas a Borges. Entrevistas a José Luís (risas). Se me ocurrió que algo de valor tendrían para nosotros sus palabras siendo que, luego de Homero, es el segundo gran ciego de la literatura. El entrevistador insiste en llamarle “maestro”, lo que le incomoda al genio y pide que le llamen Borges, afirmando con humor que esa palabra, coincidentemente, resulta ser su nombre.
¿Qué hay detrás de Jacob Jiménez? Pues eso. Un montón de coincidencias. Si pudiera subiría aquí al estrado, detrás de mí, a todos esos que están atrás de mis ojos: a Gabriela, a mi padre, a mis amigos y amigas que están ahí sentados entre ustedes… Todos ellos son mis ojos. Y detrás de ellos hay otros ciegos que les sirven de ojos y atrás están otros muchos que se multiplican hasta el infinito, en un juego de espejos decididamente borgesiano.”
Me dieron muchos aplausos por ese cumplido a mis seres significantes. Apenas me levanté para ir al baño a orinar cuando Carlos y Arturo se me acercaron los dos a decirme “Fue un gusto estar en tu mesa”. Lo dijeron con desdén, sin dejo de amistad alguna. Se marcharon sin volver la vista atrás.
Un séquito de señoritas guapísimas querían que les diera un par de minutos extra antes de que me retirara pero las ahuyentó la señora que me cuestionó acerca de los curadores.
Era la directora del Colegio de Arte. La mujer más importante del Claustro, solo por debajo de la autoridad de la dueña (la hija del ex presidente López Portillo) y la directora general (que nunca está).
“Por favor, quédate en contacto con nosotros. ¿Crees que podrías dar algunas clases en esta escuela?”
Sentí que me moría de vergüenza. Ella notó que me sonrojaba y me pidió disculpas por haberme incomodado con su inconveniente pregunta.
Me permitieron ir al baño a pesar de que la gente se arremolinaba a mi alrededor impidiéndome el paso al excusado. Querían saber, una vez más, por qué no había nadie atrás del ojo y por qué el crítico de arte es un francotirador.
Me tardé mucho en regresar a recoger mis cosas. Vi que mi padre había tomado mi chamarra y que Gaby abrazaba a la directora.
“¡Qué fabuloso personaje postmoderno el tuyo!”, me señaló. “¿Te interesa entonces darnos unas charlas después acerca de los mismos temas? Ya he charlado con Gabriela y con tu padre al respecto y ya tienen mi tarjeta. De cualquier modo, nosotros te buscamos por correo. Gracias y hasta la próxima”.
Dos alumnos me entrevistaron y, cuando apagaron la cámara de cine, me preguntaron si realmente pensaba que las alumnas eran guapas. Dije que sí y agregaron que yo unicamente había visto al diez porciento de ellas. Que el resto eran todavía más atractivas.
Definitivamente, quiero volver al Claustro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Borges, Jacob y las coincidencias del nombre (o La nueva revolución necesita un ojo de Thundera).

Luego de leer la reseña de la presentación de un tal Jacob en el Claustro de Sor Juana (lugar por demás decirlo, femenino, religioso y represor), recordé que la carpeta en donde guardo tus mensajes lleva por nombre “Misivas Jacobinas”. Ahí están algunas “minas”, algunas “bombas” (y no de las yucatecas, aunque se le parecen un poco, pero sin tanta musicalidad) y unas cuantas “chinampinas” o ”buscapiés” como a ti te gusta llamarles. Y mientras pensaba en eso, encontré en la cabeza de un texto de Benjamín Arditi, titulado “Después del duelo por la revolución”, que es el esquema jacobino el que a golpe de manotazo resquebraja el orden en el que está sentado. Y enseguida vino la imagen de Yako en la mesa del Claustro, dando de manotazos.
Jacobino procede del término “jacobin” (así te dicen de cariño ¿no?), que proviene del latín “Iacobus” (Santiago, San Iaco), en alusión a un convento de Paris en donde se celebraban por un tiempo las reuniones de los revolucionarios. Era a éstos a los que se les denominó jacobinos y eran éstos mismos los que integraban el ala radical de la revolución. Eran los “jacobinos” o los “montañeses” porque en la Asamblea nacional, se sentaban en la parte más alta de la tribuna, en la parte izquierda. Es gracias a esos revoltosos, que “jacobino” se llama a los partidarios de la izquierda radical o con “voz peyorativa” a los exaltados, a los violentos y a los sanguinarios.
Parece que el personaje posmo, ese del que los artistas contemporáneos (y disculpa si caigo en el oxímoron) que por ser artistas se creen ya distintos, ya alternativos, ya izquierdistas o revolucionarios, hablan y se ofenden ante sus manotazos, cuando baja de su cerro, de su montaña, puede sorprender hasta a los más incautos. Fue un gusto ir a ver y a escuchar al Claustro.

Jacob Jimenez Lechuga dijo...

Gracias. ¿Habrá más de esos increíbles pensamientos en algún otro sitio público?