viernes, 24 de junio de 2011

La balada de Sonia Sabina | The ballad of Sonia Sabina (in Spanish only)


No se puede culpar a la viuda Sabina de querer dilapidar la fortuna de su difunto marido construyendo un pequeño centro de asistencia comunitaria en Ciudad Juárez. Era lo mejor que podía hacer luego de que su esposo, el General René Valdemar, no había logrado sobrevivir al fuego de los excesos con que había consumido su vida, cuya gasolina habían sido esos mismos pesos y centavos. Para ella era mejor alejarse de los lujos y enseñar a Jaime, su hijo, las virtudes de la modestia y la caridad.
Tan pronto como el General Valdemar se puso grave, la señora Sabina comenzó su terapia psicológica con el Dr. Garza quien de inmediato le prohibió divorciarse de su marido en esas condiciones; incluso le prohibió volver a hablar del tema de la infidelidad que tan desdichada la hacía siendo evidente que el perdón de la muerte estaba por venir a darse solo. No se puede decir que eso es falto de tacto. Pero a los cinco meses estallaron los disturbios en Chihuahua y el General Valdemar murió, probablemente desconociendo él mismo la causa de sus aflicciones. ¡Y pensar que el centro de asistencia comunitaria iba a llevar el apellido de la familia!
Durante los meses que siguieron a los levantamientos ni siquiera se atrevió a insinuar con los amigos las cuestiones que habían quedado pendientes en su terapia y no habló de la cancelación de la edificación del centro comunitario con Herrera, el cocainómano contratista de la obra y padre de Patricia, joven trabajadora social y futura directora del centro a quien la viuda había asistido económica y moralmente durante toda su vida a modo de que pudiera sobrellevar la miserable vida en que estaba hundida. A decir verdad, eso de malgastar la herencia dio frutos y Sonia Sabina vio a su hijo crecer y convertirse en cineasta. Pero por una u otra razón, Jaime había sufrido recientemente un desmayo en la locación de su más reciente película y se había visto obligado a volver al hogar de su madre para procurarse una mejoría con ella. Esto sucedió a mediados de abril. Los disturbios habían alcanzado un punto crítico y lo mejor era retraerse en casa. Hacer la despensa era peligroso pero Herrera, diestro conocedor de las calles, sabía dónde andar seguro para conseguir los víveres que compartía desinteresadamente con su hija y con aquella otra familia a quien quería como si fuera la suya. Sea como fuere, Patricia se avergonzaba de su padre y a veces llegaba a pensar que su abuso de tóxicos y sus prolongadas ausencias eran la razón misma del abandono en que se encontraba la obra. Era un martirio calcular el costo de la deuda que ellos dos iban acumulando para con la señora Sabina, pero estaba segura que dirigiendo bien el centro comunitario que la viuda había puesto a su control habría de pagarle con creces. Claro está, sólo si después de terminada la guerra se recomenzaba el proyecto.
Sonia Sabina estaba ahora contenta al tener a su hijo de vuelta en casa. El tamaño de su desgracia se reducía al ver la paulatina recuperación de Jaime. ¡Sí que estaba contenta la viuda! Era como si dentro de su alma hubieran aparecido dos pequeñas palomas que se ocuparan de hacerle caricias en el corazón con el batir de sus alas.
Por su parte, Patricia estaba comenzando a desarrollar un cariño muy especial por el hijo de esa admirable mujer y su amor ciertamente se veía correspondido. Cuanto más tiempo pasaban encerrados, tanto más enamorada se sentía. Ambas, la madre y la protegida, competían en secreto por el afecto del joven y era en secreto porque Patricia se obligaba a sí misma a no evidenciar su afán de integrarse en esa singular familia bajo el mote de nuera.
Así fue como las dos mujeres, la hija del mamarracho Herrera y la viuda del corrupto Valdemar, vieron por el bienestar del consentido Jaime. Las dos derramaron lágrimas ante la cruel situación del cineasta que tenía que ser conducido en silla de ruedas por los pasillos de la casa.
Las dos mujeres cuidaron del enfermo por quién sabe cuánto tiempo. No fue sino hasta el fin de los levantamientos que madre e hijo pudieron abrir la posibilidad de charlar acerca de la muerte del General Valdemar. ¡Cuántas palabras no dichas habían quedado pendientes desde la última sesión que tuvo Sonia con el Doctor Garza hasta ahora! ¡Cuántos secretos! Antes de dar inicio al diálogo aplazado con Jaime, la señora Sabina quiso hacer una última consulta al Dr. Garza para saber si era recomendable o no ser honesta y de ese modo esclarecer la verdad oculta detrás de la mascarada de su matrimonio. Dejó a Patricia a cargo del joven doliente sin sospechar que durante su ausencia de un par de horas los dos enamorados iban a hacer el amor. El Dr. Garza había dejado de lado la prohibición e instó a hablar a la señora Sabina, quien deseaba contarlo todo finalmente. Si hubiera seguido postergando el silencio habría muerto de sofocación. ¿Y entonces cómo habría podido presentar la verdad a su hijo? En ese momento había querido poder arrodillarse allí y orar antes un poco, pero no tenía más tiempo qué perder.
El General Valdemar fue un hombre egoísta y ruin. Había llevado una vida de irrefrenable obscenidad. No sólo había sido un hombre infiel, sino que aquella fortuna había sido amasada suciamente a base de robo y engaño, el cual constituía el mayor dolo de todos en el sentir de la viuda puesto que la obligaba a fingir públicamente la dicha de un matrimonio que había sido quebrantado hacía mucho, pero mucho tiempo atrás. Es decir, a base de terapias había logrado perdonar a las amantes de su esposo y a través de la construcción del centro de asistencia comunitario había logrado transformar, como Robin Hood, el dinero deshonesto en un bien común, pero no lograba visualizarse siendo feliz de nueva cuenta. ¡Dormían juntos y sin embargo no se permitían tocarse! El Dr. Garza se frotó los ojos y contempló a la señora Sabina por un largo rato. Pese a los argumentos, continuaron la sesión de terapia.
Sin duda la señora Sabina creía que estaba en una posición lo suficientemente favorable como para decirlo todo, pero no se atrevía a expresar su última verdad delante del doctor. Pero el problema estaba resuelto ya y la verdad estaba por ser dicha: Patricia Herrera era en realidad Patricia Valdemar, hija ilegítima de su esposo con alguna fulana. Herrera, viejo camarada de juerga del General, se encargó como pudo de la educación de la niña y procuraba parecerle algo así como una figura paterna, mientras que Sonia Sabina se nombraba a sí misma la madre sustituta de la muchacha en ausencia de una buena mujer que cuidase y protegiese a la chica.
La señora Sabina tomó su bolso y se lo echó al hombro. Sacó el dinero de la consulta y pensó en agradecer al Dr. Garza, pero no lo hizo. Al salir del consultorio miró hacia arriba, hacia el brillante cielo azul de primavera en donde invisibles barrotes alguna vez la mantuvieron presa. No tenía sentido hablar con Jaime y Patricia al respecto.
A Sonia le parecía poder ver en las nubes la placa expiatoria:
Aquí finaliza la triste balada de Sonia Sabina. Ciudad Juárez, Chihuahua. México. Junio de 2011.

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